Mariano José
de
Larra: esperanza y
melancolía
No tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía;
era de aquellas
melancolías de que
sólo un liberal
español
en estas
circunstancias puede
formar una idea
aproximada.
Cuando Mariano
José de Larra nace
el 24 de marzo de
1809, en un Madrid
ocupado por el
ejército de Napoleón,
hacía ya casi un año
que había empezado
la Guerra de la
Independencia. Vemos
cómo las
circunstancias
históricas marcan
los acontecimientos
personales de su
infancia: hijo de
notorio afrancesado,
a los cinco años
tiene que salir al
exilio con sus
padres, a Francia.
Don Mariano de Larra
y Langelot, el padre
de Mariano José,
casado en segundas
nupcias con doña
María Dolores
Sánchez de Castro,
era un médico
conocido, bien
relacionado en los
medios profesionales,
que había ampliado
sus estudios en
París. Durante la
ocupación francesa
se incorporó a la
sanidad militar del
ejército invasor,
por lo que en 1813
tuvo que seguir a
los franceses en su
retirada. El
españolito asistió a
colegios de Burdeos
y de París, de los
cinco a los nueve
años, hasta que
volvió a España con
sus padres en 1818,
en el séquito del
infante don
Francisco de Paula,
a quien su padre
había acompañado
como médico de
cabecera en un viaje
por Europa. Es decir,
que recibió su
enseñanza primaria
en lengua francesa,
aunque parece que
antes de salir de
España ya sabía
leer. En todo caso
el francés se
sobrepone al español
infantil aprendido
en su patria. Al
volver a Madrid, sus
padres lo pusieron
interno en las
Escuelas Pías de la
calle de Hortaleza
donde continuó la
enseñanza, ahora en
español. Tuvo, por
lo tanto, que
habituarse en su
instrucción al
cambio de lengua.
Esto es lo que quiso
decir cuando en
1835, desde París,
en una carta a su
editor explicándole
la "gran dificultad"
que representaba
para él tener que
escribir en francés,
le indicaba que "el
francés fue mi
primera lengua y
estaba rouillé,
como los goznes de
una puerta". Creo
que esta frase
señala bien, ni más
ni menos, los
límites de su
educación en aquella
lengua, si bien los
de su conocimiento
de la cultura
francesa fueran más
amplios que los
lingüísticos, como
ocurría por entonces
con muchos de los
jóvenes españoles
aficionados a las
letras. A partir de
los nueve años,
Mariano José sigue
lo que Mesonero
Romanos, en sus
Memorias,
considera "pasos
contados" en la
educación de un
muchacho madrileño
de su clase en
aquella época. Son
los años que van del
Trienio Liberal a la
Ominosa Década.
Asiste al colegio de
los Escolapios
(1818-1822),
mientras su padre
sigue de médico de
Francisco José. En
1822 obtiene el
puesto de médico de
Corella y allí pasa
el muchacho el "frío
invierno de 1822 a
1823" (Cayetano
Cortés). 1823 es el
año de la invasión
de los Cien mil
hijos de San Luis,
en nombre de la
Santa Alianza, para
restablecer en
España el
Absolutismo. Empieza
la represión
política de la
Ominosa Década. Su
padre se traslada a
Cáceres y el hijo,
de nuevo en Madrid,
asiste a clases de
taquigrafía y de
economía política en
la Sociedad
Económica de Amigos
del País y de
matemáticas en el
Colegio Imperial de
los Jesuitas
(1823-1824). Durante
el curso de
1824-1825 estudia en
la Universidad de
Valladolid, mientras
su padre pasa de
Cáceres a Aranda de
Duero. No se
presentó a los
exámenes de junio,
pero después del
verano, en octubre
aprobó todas las
asignaturas. El no
presentarse en junio
quizás se deba a
aquel "acontecimiento
misterioso" que
alteró su carácter
completamente, según
refiere Cayetano
Cortés, uno de los
primeros biógrafos
del escritor, seis
años después de su
muerte. Luego se ha
dicho que lo que
ocurrió fue que
descubrió que una
mujer mucho mayor
que él de la que
estaba enamorado era
la amante de su
propio padre. Deja
los estudios de
Valladolid y vuelve
a Madrid. En
1825-1826 se
matricula en los
Estudios de San
Isidro donde estudia
física y griego y se
pone a trabajar de
escribiente en la
Junta Reservada de
Estado y en las
oficinas de la
Inspección de
Voluntarios
Realistas, por lo
que tuvo que
ingresar en el
cuerpo, con todo lo
que ello significaba
como contradicción
política. Lo
solicitó en
noviembre de 1826,
pero quizás por no
haber cumplido aún
los 18 años
reglamentarios no
fue aceptado. Al año
siguiente, a punto
de cumplir la edad
requerida, presentó
una segunda
instancia, siendo
admitido en marzo de
1827, mes de su
cumpleaños. Los
Voluntarios eran
fervientes
militantes del
Absolutismo y
elementos
significados de la
opresión realista
que dominaba en
aquellas fechas. Si
hubiera que darle
una interpretación
ideológica a la
afiliación a este
cuerpo paramilitar
no podría ser
precisamente la de
una manifestación de
la ideología propia
del realismo
moderado.
Absolutistas
obstinados, los
Voluntarios
Realistas eran
contrarios a
cualquier
inclinación moderada
del realismo
fernandista. Luego,
en 1835, en una
carta desde Londres,
le señala a su padre
precisamente aquel
año de 1826, a sus
diecisiete años,
como inicio de su
inseguridad vital:
"y como estoy
viviendo de milagro
desde el año 26, me
he acostumbrado a
mirar el día de hoy
como el último". Y
añade: "usted dirá
que vuelvo a mis
ideas juveniles; yo
no sé si algún día
pensaré de un modo
más alegre; pero
aunque esto empezara
a suceder mañana,
siempre resultaría
que había pasado
rabiando una tercera
parte lo menos de la
vida; todavía
quedaría por
averiguar cuál de
las tres es la más
importante". ¿Cuáles
serían estas "ideas
juveniles" tan
sombrías que le
recuerda a su padre?
En la misma carta
relaciona la
angustia vital
iniciada en aquellos
años de su
adolescencia con las
circunstancias
políticas actuales
de la guerra
carlista: "hasta
ahora no he visto
nunca delante de mí
un horizonte bueno,
y ahora empiezo a
verlo malo si
triunfa D. Carlos".
Es sobrecogedor este
desahogo referido
retrospectivamente
al muchacho de 1826,
abriendo una
continuidad vital
iniciada en la
adolescencia, con
desavenencias
familiares, cuando
domina el ambiente
represor del
Absolutismo en "medio
de esta oscura noche
intelectual", al
decir de Mesonero
Romanos. Se anuncia
ya la desesperanza y
la melancolía de su
visión de Madrid
como un cementerio,
pocos meses antes de
su suicidio. A lo
largo de su obra la
desazón existencial
se manifiesta
siempre en función
de la desesperanza
política.
Con estos
sentimientos
juveniles, se pone a
tomar apuntes. El
tema de la patria en
el
Génie du
Christianisme,
la obra de
Chateaubriand de la
que traduce algunos
fragmentos, le
sugiere estos versos
sueltos:
¿Por qué pudiendo ser madre querida
quisiste ser
madrastra
aborrecida?
Escribe versos
en la tradición
dieciochesca, lo que
entonces se
consideraba poesía
útil: la oda y la
sátira. Tomás de
Iriarte, Moratín y
Quintana son sus
modelos. Pero por
muy obligado que
esté el aprendiz de
poeta a lo consabido
de los poemas
satíricos y a sus
temas tópicos, no
podemos menos de ver
una expresión
personal e
imaginarnos al joven
escribiente metido
en su covachuela,
recién abandonados
sus estudios, cuando
encontramos
expresada, en su
sátira a Delio, una
insatisfacción que
se repite a lo largo
de toda su obra
("escribir en Madrid
es llorar"):
¿Cuándo, Delio, insensato he de mirarte
libro y pluma
arrojar y en el
tintero
dejar metido entre
algodón el arte?
¿Estudias en España
majadero?
¿No tienes
experiencia? ¿Estás
demente?
¿Tan poco aprecias,
bárbaro, el dinero?
También de
entonces es su oda a
la libertad con
motivo de la
intervención europea
en Grecia que el
joven Larra
aprovecha para
exaltar la libertad
contra el fanatismo,
el despotismo y la
tiranía, no muy de
acuerdo con los
principios de los
Voluntarios
Realistas a que está
afiliado.
Todos estos
escritos
permanecieron
inéditos. Su primera
publicación fue un
folleto de dieciséis
páginas con una
Oda a la exposición
de la industria
española del año
1827 en
la que los
industriales
Fernández y Martínez
se codean con los
dioses mitológicos
Júpiter, Minerva y
Vulcano, como
indicio de la
presencia de la
clase burguesa sobre
la que se asienta el
Liberalismo político,
en un género ya
anacrónico.
Recordemos que la
Revolución francesa
se había vestido de
ropajes helénicos.
Su poética
neoclásica queda
inadecuada para las
necesidades
expresivas
requeridas por las
circunstancias
sociales a las que
se refiere. La
burguesía industrial
rompe el molde de la
oda aristocrática.
La poesía moderna
apunta a otros
derroteros
inaccesibles al
joven literato que
encuentra en la
prosa del ensayo
periodístico el
medio expresivo
adecuado a las
exigencias
históricas de su
tiempo. Este nuevo
camino lo entronca
también con la
tradición
dieciochesca
ilustrada, pero en
una dirección que
desde el siglo
anterior apunta a la
modernidad. La
publicación que
Larra saca a lo
largo del año 1828,
El duende satírico
del día,
es una serie de
cinco cuadernos en
la línea de las
revistas de ensayos
inauguradas en
Inglaterra a
comienzos del XVIII
con
The Spectator,
de Addison y Steeles,
y que en España
representan
El duende
especulativo de la
vida civil,
El Pensador
y
El Censor,
dedicados a la
crítica de la
sociedad de su
tiempo, a "lo que
ocurre entre
nosotros", según
El Pensador.
Un crítico
contemporáneo de
Larra (González
Carvajal, 1834),
cree que en este "opúsculo
casi periódico... ya
se entreveía el
genio satírico que
ha desplegado con
posterioridad". Aquí
nos interesa
destacar que, aunque
el joven literato no
se empeña en una
abierta actividad de
oposición al régimen
(¿cómo iba a hacerlo
si pertenecía al
cuerpo de
Voluntarios
Realistas?), no era
un conspirador, ni
había participado en
reuniones
subversivas,
siquiera como sus
compañeros
Numantinos,
El duende satírico
constituye una
acusación a la
situación social y
política del momento
y no es una empresa
solitaria de su
autor, sino que
representa a un
grupo de jóvenes
inquietos,
disconformes,
agrupados a su
alrededor, que se
juntan ahora en el
Café de Venecia y de
allí se pasan luego
al del Príncipe para
fundar "El
Parnasillo". En el
mismo café se reúne
otra tertulia de
signo contrario, de
gente mayor, la de
José María Carnerero,
director del
Correo literario y
mercantil,
único periódico
estable no oficial
permitido en Madrid,
privilegiado por el
Gobierno. El núcleo
del grupo juvenil lo
forman antiguos
alumnos de Alberto
Lista en el Colegio
de San Mateo,
procedentes de la
Academia del Mirto y
de los Numantinos.
Ventura de la Vega,
Juan de la Pezuela,
Miguel Ortiz, Juan
Bautista Alonso,
Bretón de los
Herreros son de los
que corean a Larra
apoyándolo en los
improperios que
lanza en el café a
José María Carnerero,
con el cual había
polemizado el
Duende
en sus dos últimos
números, de
septiembre y
diciembre de 1828.
Carnerero recurrió a
las autoridades y
los alborotadores
tuvieron que pasar
por el juzgado, con
lo que el
Duende
terminó malamente.
Larra tuvo que
retractarse y el
maestro Alberto
Lista, entonces al
servicio del régimen
fernandino, acriminó
a los alborotadores,
reprobando
severamente en la
Gaceta de Bayona
la algarada del
autor del
Duende y
de sus antiguos
alumnos, como un
acto subversivo.
Larra no tuvo
más remedio que
dejar la prosa de
crítica social y
volver a los versos,
poesía ligera -todavía
poemillas
anacreónticos- que
dejó sin publicar.
Se casa en agosto de
1829 contra la
voluntad de sus
padres con Pepita
Wetoret y pronto
empiezan las
desavenencias de un
matrimonio del que
nacieron un hijo, en
1830, y dos hijas,
en 1832 y 1834. Lo
único que publica al
año siguiente del
Duende, en contraste
con la poesía ligera
inédita, es una oda
elegiaca
A los terremotos
ocurridos en España
en 1829
que en marzo habían
asolado Orihuela y
sus alrededores.
Aquí, como si fuera
un homenaje, alude
al poeta
Anfriso,
a Lista -ahora al
servicio del régimen
y que, como tal,
había condenado al
Duende-, recordándole sus poemas masónicos de su época de
afrancesado en
Sevilla en los que
exaltaba los ideales
revolucionarios de
libertad, igualdad y
fraternidad clamando
contra el fanatismo
fomentado por el
Altar y el Trono.
Lista volvió a
condenar a Larra
después de su muerte.
Larra vive en
Madrid durante
aquellos últimos
años de Absolutismo
en el ambiente de
reuniones y
tertulias, entre
salones y cafés. Es
la época del
"Parnasillo" y de
las tertulias en
casas particulares
de que nos habla
Mesonero. Alguno de
sus contertulios
termina en la
cárcel, como Olózaga
e Iznardi, o en el
patíbulo, como el
librero Millar. Con
Larra se cuenta para
escribir versos de
circunstancias en
homenaje a María
Cristina, la nueva
esposa de Fernando
VII en la que los
liberales habían
puesto sus
esperanzas. En aquel
ambiente, hacia
1830, conoce a
Dolores Armijo,
casada con un hijo
del famoso abogado
Manuel María
Cambronero. El amor
por Dolores ya se
trasluce en algunos
versos íntimos que
escribe por entonces
y que no publica. La
poesía ya no es su
principal dedicación
literaria, ahora
parece que se dedica
sobre todo al teatro
con una actividad
fomentada por su
relación con Juan
Grimaldi, personaje
llegado de Francia
en 1823 con el
ejército invasor,
que se hace con el
control de los
teatros madrileños.
Larra le suministró
adaptaciones y
traducciones del
francés. Como autor
teatral, el joven
escritor se presenta
en 1831 con la
comedia de
costumbres
No más mostrador,
inspirada en un
vodevil de Scribe,
con críticas a la
clase media por su
falta de conciencia
en asumir su función
social, la que le
corresponde
históricamente. El
éxito de esta
comedia le abre la
carrera profesional
del teatro que lo
lleva al estreno del
drama romántico
Macías.
Había intentado
estrenarlo en 1833,
pero la censura se
lo prohibió, aunque
Grimaldi consiguió
que al año
siguiente, en otras
circunstancias
políticas, se
autorizara,
inaugurando el nuevo
camino del drama
romántico en España.
Entretanto, en
1832, después de
cuatro años de
concluir el
Duende, vuelve a la prosa periodística de crítica social
con
El Pobrecito
Hablador.
En este modo de
escribir encuentra
definitivamente la
trayectoria de su
genio de escritor.
Sus artículos
contribuyen
fundamentalmente a
asentar la
literatura de
costumbres como
corriente principal
de la prosa española
de su tiempo. En
El Pobrecito
Hablador,
Larra infunde en
este género
literario una
intensidad subjetiva
y una preocupación
social renovadora
que trasciende lo
circunstancial de la
mirada costumbrista,
profundizando la
observación
benevolente y
conservadora con que
Mesonero Romanos
había iniciado la
serie del
Panorama matritense
en las Cartas
españolas
(1831-32), de José
María Carnerero. Un
ejemplo de cómo
logra adaptar su
formación clasicista
a las necesidades
expresivas modernas
y a la temática
social de su tiempo
es el antológico
artículo de
costumbres "El
castellano viejo",
basado en una sátira
en verso de Boileau.
El Pobrecito
Hablador,
aquí y a lo largo de
toda la serie, nos
ofrece una visión
esperpéntica de la
España casticista,
representada por el
título proverbial
del artículo, y un
anhelo de
europeización,
aspiración constante
de la tradición
ilustrada y liberal
frente a los
peligros del
nacionalismo
fomentado por
ciertas direcciones
reaccionarias de
procedencia
romántica
tradicionalista. En
la sátira de
El Pobrecito
Hablador
se percibe la
ilusión ilustrada y
progresista de que
es posible superar,
con la esperanza en
el mañana, el
castellanismo viejo
de un patriotismo
anquilosado en el
pasado. Todavía
quiere creer que es
posible progresar,
traspasar la pared
que parece
infranqueable, "que
los españoles son
capaces de hacer lo
que hacen los demás
hombres". Lo cree
como buen ilustrado,
todavía no abrumado
por la desesperanza
romántica.
El
Pobrecito Hablador
muere de tanto
hablar, en marzo de
1833, cuando ya
hacía varios meses
que Larra escribía
en
La Revista Española,
el periódico de José
María Carnerero, que
había sucedido a las
Cartas españolas en noviembre de 1832 (el primer número
es del día 7),
aprovechando la
circunstancia de que
la reina María
Cristina había
tomado la
gobernación del país
por la enfermedad de
su marido, abriendo
las esperanzas de
los liberales. El
nuevo periódico
representaba estos
cambios en la
política del país, a
la expectativa de la
anunciada muerte de
Fernando VII que por
fin llegó un año
después. Larra
empieza a escribir
artículos de teatro,
generalmente, sin
firmar, hasta que el
15 de enero, con el
artículo "Mi nombre
y mis propósitos",
adopta el pseudónimo
de
Fígaro,
firma de sus
artículos de
costumbres después
de que, en marzo de
1833, Mesonero
Romanos dejara el
periódico en que
había continuado la
serie del
Panorama matritense. El artículo "Ya soy redactor" (19 de
marzo) anuncia la
entrada en la
redacción del
periódico, pocos
días antes de que
del último número de
El Pobrecito
Hablador
(26 de marzo). En el
nuevo espacio que se
le asigna en el
periódico, con el
artículo "En este
país" (30 de abril)
Fígaro
continúa la vena de
El Pobrecito
Hablador,
todavía con la
esperanza en el
progreso, cuando el
país se halla "en
aquel crítico
momento en que se
acerca a una
transición, y en
que, saliendo de las
tinieblas, comienza
a brillar en sus
ojos un ligero
resplandor" y
contrapone "la
esperanza de mañana"
con el "recuerdo de
ayer". Desde sus
publicaciones
primerizas, Larra
vive esperanzado en
una transformación
social.
Mientras sigue
en la redacción de
La Revista,
a mediados de aquel
año se encarga
durante seis meses
de redactar
El correo de las
damas,
semanario dedicado,
como indica el
título, al público
femenino. El gran
cambio que significa
la muerte de
Fernando VII, el 29
de septiembre, y el
comienzo de la
guerra carlista le
abre la posibilidad
de intensificar su
actividad
profesional
escribiendo
artículos de
política
comprometidos con la
causa liberal en
contra de la facción
carlista. Del
primero de estos,
que apareció sin
firma, "Nadie pase
sin hablar al
portero, o los
viajeros en Vitoria"
(18 de octubre),
ante la demanda, el
periódico tuvo que
hacer una tirada
aparte, a pesar de
haber aumentado con
previsión la tirada
normal del número.
En la serie de
artículos de sátira
política que se
suceden en el otoño
de 1833, Larra, con
su visión grotesca,
ataca la España del
Antiguo Régimen
representada tanto
por los carlistas
como por los
castellanos viejos.
Con su genio
satírico, alcanza
reconocimiento de
periodista liberal.
Fígaro
es ya una firma
prestigiosa que se
manifiesta en la
Revista Española
como testigo
comprometido con la
transformación
política que
significa la
transición del
Absolutismo al
Liberalismo: la
guerra carlista y el
gobierno de Martínez
de La Rosa y el
Estatuto Real. La
transición política
le parece
insuficiente sin un
cambio de las
estructuras
sociales. Larra
concibe los cambios
políticos como
expresión de la
revolución social,
según los principios
de la Revolución
Francesa.
Al comenzar el
año 1834, Larra ha
logrado ya con los
artículos de
Fígaro
el pleno
reconocimiento de su
labor periodística y
muestra una gran
actividad literaria
en el teatro y en la
novela. Ahora, entre
enero y marzo,
aparecen los cuatro
tomos de su novela
histórica
El doncel de don
Enrique el doliente,
cuyo protagonista lo
es también del drama
histórico
Macías
que había sido
prohibido por la
censura el año
anterior y que se
estrena el 24 de
septiembre, cuando
ya, el 23 de abril,
se había estrenado,
del mismo género
innovador,
La conjuración de
Venecia,
de Martínez de la
Rosa, que suscitó el
entusiasmo de Larra
en un artículo de
crítica teatral en
que los elogios se
dirigen al
dramaturgo y al
político. Estos dos
estrenos de aquel
año abren el camino
del drama romántico
en España, antes de
Don Álvaro
(1835),
El trovador
y
Los amantes de
Teruel
(1836).
Si la
proclamación del
Estatuto Real,
especie de carta
otorgada, había
abierto algunas
esperanzas de cambio
("primera piedra que
ha de servir al
edificio de la
regeneración de
España", según Larra),
pronto los pasos
políticos del
moderantismo le van
a parecer a
Fígaro
tímidos e
insuficientes: "tan
menudos que ni los
recuerdo", dirá en
su "Revista del año
1834". Con el
desencanto se
acentúa su
radicalización
política.
Abril de 1834,
el mes en que se
estrena el drama de
Martínez de la Rosa,
es cuando empieza la
temporada teatral
con una nueva
empresa renovadora
en la que Juan
Grimaldi lleva la
dirección artística.
Larra y Bretón de
los Herreros son sus
más estrechos
colaboradores. El
compromiso del
crítico con la
empresa suscita
animosidad entre los
partidarios de la
anterior,
especialmente del
actor Agustín Azcona
a quien la nueva
Administración había
dejado en la calle.
Azcona lanza una
revista, el
Semanario Teatral,
para atacarla. En
este periódico, el
actor insulta
desaforadamente al
crítico acusándole
de rastrero y venal,
echándole en cara
que se había dado a
conocer en tiempos
en que él era uno de
los pocos que tenían
el privilegio de
publicar, sin
mencionar que había
sido Voluntario
Realista. De acuerdo
con las exigencias
sociales de la
época, Larra fue a
demandar al ofensor
la reparación de los
insultos personales
en el campo del
honor. Al negarse el
actor a aceptar el
desafío, Larra no
tuvo más remedio que
acudir a los
tribunales. No fue
la única acometida
que por entonces
sufrió el crítico.
Parece que las cosas
se le pusieron mal
aquel sombrío verano
de 1834 en que el
ambiente se enrarece
con la epidemia del
cólera, la matanza
de frailes, los
triunfos carlistas
en el Norte y la
debilidad del
Gobierno en Madrid
que detiene la
revolución política
apenas iniciada. La
esperanza se
desvanece y las
críticas
desilusionadas a la
política de Martínez
de la Rosa impregnan
lo que escribe sobre
teatro, literatura y
costumbres.
En los
artículos que
escribe por entonces
en
La Revista Española se manifiesta patentemente que lo que
inspira su
costumbrismo no es
el mero deseo de
describir con
nostalgia los usos y
costumbres locales,
sino de desentrañar
su sentido con
vistas al futuro en
un momento histórico
de transformación de
la sociedad, pues
para él las
costumbres tienen
una profunda
significación moral
y social reveladora
de la idiosincrasia
colectiva, en un
proyecto de
transformación
social y cultural en
que los hábitos y el
espacio de la vida
cotidiana, los modos
de vivir, de sentir
y de pensar propios
del Antiguo Régimen
se sustituyan por
formas discursivas y
de convivencias
propias de la
sociedad burguesa
moderna. Es lo que
en los últimos años,
en la crítica
literaria con
preocupación social
se ha llamado
"revolución cultural
burguesa". Dice en
su artículo de
costumbres "Jardines
públicos", del 20 de
julio de 1834, que
"un pueblo no es
verdaderamente libre
mientras que la
libertad no está
arraigada en sus
costumbres e
identificada con
ella". El carácter
sombrío de los
españoles es el
resultado de la
dominación
inquisitorial:
"Solamente el
tiempo, las
instituciones, el
olvido completo de
nuestras costumbres
antiguas, pueden
variar nuestro
oscuro carácter". La
concepción de la
vida en que sustenta
la sociedad de la
España antigua
significa la
negación de la
libertad reflejada
en la gravedad
castellana y el
ensimismamiento. Por
eso les advierte a
sus lectores que
desean ser libres:
"lo seremos de
derecho mucho tiempo
antes de que reine
en nuestras
costumbres, en
nuestras ideas, en
nuestro modo de ver
y de vivir la
verdadera libertad".
Larra preconiza una
socialización de la
Libertad, expresando
la necesidad de
participar
vitalmente en ella
como experiencia,
interiorizándola.
Es todo un
proyecto de
revolución cultural.
En un artículo de
modas, unas semanas
antes que el citado
sobre jardines
públicos, el
periodista de
La Revista Española
(11 de mayo de 1834)
escribe:
A los que no ven
solamente la corteza
de las cosas,
excusado es decirles
que hasta en los
trajes se trasluce
el espíritu
dominante del siglo:
la moda reguladora
de los gustos y
opiniones es la
misma en punto a
trajes que en punto
a política y
literatura: su
carácter particular
es la libertad:
apenas puede decirse
que hay principios
políticos ni
literarios. Lo mismo
puede asegurarse en
punto al vestido, y
sea dicho de paso,
este es uno de los
síntomas que
descubres las ideas
dominantes de la
época. Gobierno,
mezcla de usos
antiguos e ideas
modernas, dramas,
novelas en que se
hallan refundidas la
independencia de los
Shakespeare y Lope
con las atrevidas
necesidades del día
y con la franca
despreocupación de
la época: trajes, en
fin, en que se dan
la mano el gusto
anticuado de los
siglos pasados y la
noble comodidad y
elegante sencillez
de un siglo de
realidad y
desilusión.
En otro artículo
de modas (8 de
septiembre) leemos:
El Prado comienza a
presentar el aspecto
de un pueblo libre.
¿No hay cierta
relación entre la
Inquisición y
aquella monotonía de
la basquiña y la
mantilla, traje
oscuro, negro,
opresor y pobre de
nuestras madres? La
mantilla y la
basquiña estrecha de
las señoras, y la
capa encubridora y
sucia de los hombres
¿no presentaba el
aspecto de un pueblo
enlutado, oscuro y
desconfiado? Véanse,
por el contrario,
esos elegantes
sombreros que hacen
ondear sus plumas al
aire con noble
desembarazo y
libertad; esas ropas
amplias e
independientes, sin
traba ni sujeción,
imagen de las ideas
y marcha de un
pueblo en la
posesión de sus
derechos: esa
variedad infinita de
hechuras y colores,
espejo de la
tolerancia de los
usos y opiniones.
Esos gayos y
contrapuestos
matices ¿no parecen
un intérprete de la
general alegría? El
Prado de ahora y de
veinte años atrás
son dos pueblos
distintos, y
parecen,
separadamente
considerados, dos
naciones distintas
entre sí.
En su vida
profesional hay que
señalar el paso de
La Revista
a
El Observador,
periódico de Alcalá
Galiano, durante los
últimos meses de
aquel año. Al
cambiar de
periódico, resume
así sus dos años en
La Revista: "En ese tiempo he hablado osadamente, acaso
con peligro mío, de
actos del Gobierno,
de hechos, de cosas,
de costumbres, de
teatros, de obras
literarias, partidos
y opiniones
políticas, de cuanto
entra en la
jurisdicción de la
crítica". Este es el
plan que piensa
mantener en el nuevo
periódico, en el que
escribe sobre todo
artículos de
política durante
tres meses hasta que
en enero de 1835
vuelve a
La Revista.
Larra prepara la
publicación de sus
artículos en volumen
aparte con el título
de
Fígaro.
El primer tomo
aparece en marzo de
1835, a punto de
emprender su viaje
al extranjero,
mientras que el
segundo y el tercero
se publican en
abril, ya ausente el
autor, y en agosto,
antes de su vuelta.
En su vida
privada, la crisis
se manifiesta en el
verano de 1834 con
los escándalos con
Dolores que se va de
Madrid y la
separación de su
mujer embarazada que
dará a luz una niña
después de la
ruptura. Larra
enferma en el otoño,
cuando escribe para
El Observador.
Así de sombría le
parece la vida al
narrador del
artículo "La vida de
Madrid", en dicho
periódico: "un
amasijo de
contradicciones, de
llanto, de
enfermedades, de
errores, de culpas y
de arrepentimientos".
Es una crisis que se
continúa durante el
invierno y motiva a
Larra a emprender el
viaje de la
primavera siguiente,
como escapada.
Parece que
alejándose varios
meses pretendía
poner fin a una
etapa de su vida y
respirar nuevos
aires que lo
distrajeran de las
tribulaciones y
contratiempos que la
ensombrecían en
Madrid desde el
verano anterior: "yo
creía que el viajar
me distraería de mis
disgustos", les dice
a sus padres con
profunda melancolía,
en una carta desde
Londres. Con su
amigo José Negrete,
conde de Campo
Alange, había salido
a primeros de abril
hacia Extremadura.
El viaje de Madrid a
Extremadura le
proporciona a su
mirada urbana propia
de la observación
costumbrista la
posibilidad de
contemplar el campo,
alejándose de la
ciudad. Ante el
paisaje desolado
siente sobrecogido
la miseria
desesperada: "Castilla
en tanto
desarrollaba a mi
vista el árido mapa
de su desierto
arenal, como una
infeliz mendiga
despliega a los ojos
del pasajero su
falda raída y
agujereada en ademán
de pedirle con qué
cubrir sus
macilentas y
desnudas carnes" y
"en la inmensa
extensión del más
desnudo horizonte"
se pregunta: "¿Dónde
está España?".
Cuando, por fin,
vislumbra una
población, son sólo
ruinas, las ruinas
de Mérida.
De Badajoz,
donde parece que vio
a Dolores que vivía
allí y la felicitó
el día de su santo,
fue a Lisboa para
embarcar rumbo a
Londres y luego a
París, pasando antes
por Bélgica donde
tenía que cobrar una
vieja deuda a favor
de su padre. En
París se quedó
varios meses, de
junio a diciembre en
que regresó a
Madrid. El embajador
de España era su
antiguo amigo el
Duque de Frías, que
con su familia lo
recibe "con los
brazos abiertos" y
allí se puso en
relación con "las
notabilidades
literarias del
país", por lo que
cuenta en sus
cartas. Trabajó con
el barón Taylor que
estaba preparando
por entregas un
Voyage pittoresque
en Espagne,
pero tenía
dificultades para
escribir en francés
y se puso enfermo.
Mientras está en
París, a Martínez de
la Rosa le sucede el
Conde de Toreno con
Mendizábal de
ministro de
Hacienda, que en
septiembre se hace
cargo de la
Presidencia del
Consejo. Estos
cambios le animan a
volver a España:
"Vistas las cosas de
España, después de
haber calculado que
hacer fortuna aquí
es casi imposible,
porque me falta la
fe, es decir, la
voluntad de
amarrarme a la
cadena en París para
lograr o no lograr
lo que en España ya
tengo conseguido,
visto que ha llegado
el momento de que mi
partido triunfe
completamente, no
quiero verme
detenido aquí...
Quiero ser libre",
les escribe a sus
padres en una carta
del 24 de
septiembre. Parece
que durante el viaje
de regreso, a
primeros de
diciembre, mejora su
salud; por eso,
desde Burdeos, les
dice: "he de morir
todavía de exceso de
vida". A Larra le
parece que han
llegado los suyos y
se anima con la
perspectiva de
escribir, con el
buen sueldo ganado
por su prestigio, en
el nuevo periódico
que, con la subida
de Mendizábal, ha
lanzado Andrés
Borrego con todos
los adelantos
técnicos de la
época. A su vuelta,
Larra, bien conocido
en los medios
madrileños, percibe
el reconocimiento
que echaba de menos
en el extranjero.
De su primer
artículo en
El Español,
"Fígaro
de vuelta. Carta a
un amigo residente
en París" (5 de
enero) se tuvo que
hacer tirada aparte.
Fígaro
aparece para
anunciar que está de
nuevo en la brecha
después de su
ausencia y que
piensa revivir su
reconocida figura de
crítico de todos los
aspectos de la vida
social y cultural:
teatro, literatura,
política,
costumbres; en fin,
todo lo que entra en
la jurisdicción de
la crítica con una
perspectiva moral.
Advierte que vuelve
a sus "antiguas
mañas", y como
antes, con un
carácter "maligno un
tanto y siempre
independiente", en
un tono jocoso y
mordaz, según lo que
esperaban de él sus
lectores. Con ese
tono sarcástico, a
su vuelta del
extranjero, dice
irónicamente eso de
que "inventen
ellos": "¿Qué a mí
tanta ciencia y
tanta industria,
tanto progreso,
tanto teatro y tanto
camino de hierro?",
apuntando los logros
materiales de los
países modernos.
Si este primer
artículo quiere ser
una "profesión de fe"
en que reivindica el
carácter ingenioso y
maligno de sus "antiguas
mañas", en el
segundo se pone
serio para exponer
los principios que
van a inspirar su
función de crítico
literario. Es el
artículo titulado "Literatura.
Rápida ojeada sobre
la historia e índole
de la nuestra. Su
estado actual. Su
porvenir. Profesión
de fe" (18 de enero),
toda una declaración
ideológica cuyo
principio
fundamental es la
profunda relación
entre literatura y
sociedad. Empieza
recordando "que la
literatura es la
expresión, el
termómetro verdadero
del estado de la
civilización de un
pueblo". Aquí
declara, con
respecto a la
Literatura, los
principios
ideológicos que
había propuesto en
La Revista Española
con respecto a las
costumbres como
expresión de la
libertad de un
pueblo: "Libertad
en literatura, como
en las artes, como
en la industria,
como en el comercio,
como en la
conciencia. He aquí
la divisa de nuestra
época, he aquí la
nuestra, he aquí la
medida con que
mediremos". Es toda
una declaración de
principios de un
proyecto de
revolución cultural
burguesa, en favor
de la cual propone
la necesidad de una
literatura "apostólica
y de propaganda".
Como vemos, Larra
expone aquí su
conocido ideario en
que se articulan la
literatura, las
costumbres y la
política como
aspectos de una
misma realidad
social, pero ahora
considerado en un
marco más vasto, por
encima de los
límites nacionales,
en todas partes,
en el mundo,
como él ha podido
percibir en su viaje
europeo: "En
momentos en que el
progreso intelectual,
rompiendo en todas
partes antiguas
cadenas, desgastando
tradiciones caducas
y derribando ídolos,
proclama en el mundo
la
libertad moral
a la par que la
física,
porque la una no
puede existir sin la
otra". Esta
interdependencia la
ve ahora en el
horizonte del
concepto moderno de
civilización, de la
"civilización
extremada", como él
dice en el artículo
"Conventos españoles"
que había mandado a
la
Revista
desde París. Es lo
que por entonces
empieza a llamarse "modernidad"
en el vocabulario
internacional, en
Heine, en
Chateaubriand, y
luego en Baudelaire,
palabra nueva que
nace con el mismo
matiz de
insatisfacción que
siente Larra. En
aquel año de 1836,
como crítico de
El Español,
tuvo ocasión de
aplicar estos
principios a las
obras del teatro
romántico francés y
español que se
representaron en
Madrid. Las obras de
la literatura
francesa moderna,
como las novelas de
Balzac y el drama
Antony
de Alejandro Dumas,
son expresión de la
sociedad francesa
que se halla en un
grado de
civilización muy
avanzado con
respecto al mundo
social español, pero
que es el mismo a
donde este se dirige.
La literatura
moderna de Balzac y
Dumas es expresión
del fin moral a que
nos lleva la
revolución que Larra
propone: "en el
momento de entrar en
la senda que ellos
recorren de libertad
y de igualdad,
nuestra civilización...
en lo sucesivo ha
der ser
probablemente como
la suya, estéril y
nada creadora".
Larra se debate en
la contradicción
entre civilización y
cultura. La sociedad
moderna es el
progreso, la
industria y la
ciencia, los "caminos
de hierro", pero
también el abismo
que descubrimos
leyendo al novelista
francés: "Balzac ha
recorrido el mundo
social con planta
firme... y ha
llegado a su confín,
para ver asomado
allí ¿qué?, un
abismo insondable,
un mar salobre,
amargo y sin playas,
la realidad, el caos,
la nada". Y de
acuerdo con esta
valoración de Balzac
hay que considerar
lo que dice del
Antony,
de Alejandro Dumas:
"Antony,
como la mayor parte
de las obras de la
literatura moderna
francesa, es el
grito que lanza la
humanidad que nos
lleva delantera,
grito de
desesperación al
encontrar el caos y
la nada al fin del
viaje". El pesimismo
de Larra es la
desesperación que
resulta de criticar
su propio proyecto
revolucionario sin
poder ofrecer una
alternativa
satisfactoria. Por
un lado el lamento
por el atraso en que
se encuentra el país
en el proceso de la
civilización moderna
(industria, ciencia,
ferrocarriles) y por
el otro el vértigo
que siente ante el
abismo que contempla
al final de dicho
proceso en las obras
de la literatura
francesa como
expresión de una
sociedad que ha
alcanzado ya la "civilización
extremada".
El Romanticismo,
como autocrítica de
la modernidad, es un
callejón sin salida.
Esta es la gran
contradicción en que
Larra coincide con
otros jóvenes de su
generación en Europa
que se sitúan entre
la rebeldía y la
melancolía. Es el
vértigo que produce
la pérdida de la
esperanza en la
emancipación moral,
en un mundo
mecanizado en que el
hombre, "un ser
espiritual... se
vuelve máquina él
mismo a fuerza de
hacer máquinas". En
la crítica de
Antony
alude
contradictoriamente,
con gran pesimismo
desilusionado, al
grito de optimismo
revolucionario que
había expresado en
su artículo "Literatura":
"Libertad en
política, sí,
libertad en
literatura, libertad
en todas partes...
libertad para
recorrer ese camino
que no conduce a
ninguna parte...".
El criado borracho
de
Fígaro
("La Nochebuena de
1836") le advierte:
"el desengaño no me
espera a la vuelta
de la esperanza" y
le reprocha: "Te
llamas liberal y
despreocupado, y el
día que te apoderes
del látigo azotarás
como te han azotado".
Lo dijo Georg Lukács:
"la autocrítica
satírica, que pone
de manifiesto los
vicios más profundos
de su propia clase,
pero que no puede
ofrecer salida
alguna, se vuelve
desesperación".
Con respecto a
la política, también
el año 1836 marca un
proceso de
desencanto e
insatisfacción. Si
en principio se
muestra favorable a
Mendizábal ("Así que
todos hemos
abandonado la
oposición. Por mi
parte, confieso que
si en mi
organización cupiera
ser alguna vez
ministerial, se me
había presentado una
buena ocasión" dice
en "Fígaro
de vuelta"), como
promotor de la
revolución burguesa,
pronto va a criticar
su actuación. El 6
de mayo, en su
artículo sobre el
folleto de
Espronceda
El ministerio de
Mendizábal,
presenta este
escrito como "uno de
los pocos quejidos
que la censura
tiránica que nos
abruma ha dejado
escapar a la opinión
pública, ya en gran
parte desengañada
del ministerio
Programista".
A Larra le
decepciona la
trayectoria del
proceso
revolucionario
emprendida por
Mendizábal. A la
vuelta de la
esperanza lo espera
el desengaño: "lejos
de realizar las
esperanzas fundadas
en sus grandílocuas
promesas, ha
complicado el
laberinto
inextricable en que
se halla cogida la
mezquina revolución,
destinada, según
parece a no dar
jamás un paso franco
y desembarazado, a
no poner un nombre
claro y terminante a
sus inhábiles
operaciones". Larra
destaca la idea de
Espronceda sobre "lo
poco o nada que se
ha tratado de
interesar al pueblo
en la causa de la
libertad". Esta
falta de interés en
querer involucrar al
pueblo en el proceso
revolucionario
explican la
participación
popular en la guerra
carlista y el
procedimiento
desastroso con que
se está llevando a
cabo la
desamortización de
los bienes
eclesiásticos.
Espronceda y Larra
siguen al economista
Álvaro Flores
Estrada en la
crítica de esta
política
desamortizadora en
beneficio de los
ricos contra los
intereses de los
proletarios, sin
mirar "por la
emancipación de esta
clase". No hay que
pensar, sin embargo,
que él pretendiera
promover la
revolución de esos
proletarios a los
que quisiera ver
interesados en su
propia revolución
burguesa. Nunca fue
populista, ni mucho
menos igualitario,
como vemos en uno de
sus últimos
artículos, la
crítica de la
comedia
El pilluelo de París
donde dice que "si
el prestigio
hereditario puede
ser un absurdo, las
diferencias de
clases no lo son".
Frente a la
aristocracia
hereditaria
contrapone la
aristocracia del
talento, manteniendo
las diferencias con
la mayoría. Larra en
su apoyo a
Espronceda, termina
haciendo un
llamamiento a la
juventud: "La
revolución ha
desgastado y
desgasta rápidamente
los nombres viejos y
conocidos: la
juventud está
llamada a
manifestarse". Ha
llegado la hora de
desempeñar "la alta
misión a que somos
llamados".
La oposición a
Mendizábal
concertada desde
varios frentes
provocó su caída.
Fue sustituido por
un Gobierno moderado
presidido por
Istúriz con la
participación de
Alcalá Galiano y del
Duque de Rivas.
Aunque en un primer
momento Larra se
opone al nuevo
ministerio, en
contra de lo que
ahora defiende su
propio periódico,
consiente a lo que
le propone el
director, Andrés
Borrego,
comprometiéndose con
la línea política
ministerial de
El Español,
incluso redactando
editoriales. En esto
difiere
completamente de la
postura de
Espronceda con quien
había colaborado en
la campaña contra
Mendizábal.
Últimamente había
expresado en sus
escritos, como hemos
visto, la urgencia
de que los jóvenes
participaran en la
misión a que eran
llamados y quizás
sus relaciones con
Alcalá Galiano y el
Duque de Rivas le
hicieran pensar con
impaciencia que
debería aprovechar
la oportunidad que
se le ofrecía,
pactando con ellos.
Sean las que fueren
las razones que
llevaron a Larra a
aliarse con Istúriz,
el hecho es que la
tal alianza resultó
un fracaso total,
fue todo un
descalabro personal
y político. No es de
extrañar que el
pacto del crítico
periodista con el
Gobierno lo juzgaran
algunos como una
componenda de
oportunismo político.
Larra se presentó a
las elecciones como
candidato
ministerial en la
provincia de Ávila,
en cuya capital
vivía Dolores. Con
los manejos de la
Secretaría del
Gobierno Civil,
llegó a ser elegido,
pero el Motín de la
Granja del 12 de
agosto le impidió
disfrutar de la
victoria y se le
vino todo abajo. A
la rebelión le
sucede la
transigencia y la
melancolía. La
melancolía lleva al
retraimiento.
Escribe poco, pero
entre los últimos
artículos de su
producción
periodística se
hallan quizá los más
extraordinarios, los
más desesperados:
"El día de difuntos
de 1836. Fígaro en
el cementerio", "La
Noche buena de 1836.
Yo y mi criado.
Delirio filosófico",
"Necrología.
Exequias del conde
de Campo Alange",
las críticas de la
antología
Horas de invierno
y del drama de Juan
Ignacio de
Hartzenbusch,
Los amantes de
Teruel.
En el primero
explica así su
melancolía: El día
de los Santos "encomendábame
a todos ellos con
tanta esperanza, que
no tardó en cubrir
mi frente una nube
de melancolía; pero
de aquella
melancolía en que
sólo un liberal
español en estas
circunstancias puede
formar una idea
aproximada". Claro
que aplicado a las
circunstancias
particulares de un
liberal español,
Larra alude al
desencanto de la
realidad moderna. Lo
alumbra el "soleil
noir de la
mélancolie"
(Nerval). Es la
contraposición
absoluta entre la
realidad física
exterior y la
realidad moral
interior. Lukács
considera la
desilusión romántica
como el desamparo
trascendental de un
"alma más grande y
más vasta que todos
los destinos que la
vida le puede
ofrecer". La
revolución había
abierto grandes
esperanzas que
dejaba sin
satisfacer. La
melancolía romántica
tiene explicaciones
históricas y
sociales. El
Romanticismo, para
Larra, "no es otra
cosa que el
resultado de ese
desasosiego mortal
que fatiga al mundo
antiguo" en momentos
de transición
violenta.
En cuanto a su
vida particular,
sabemos que al poco
de volver de
Francia, trató de
reanudar las
relaciones con
Dolores Armijo que
entonces vivía en
Ávila. Allí acudió
Larra en febrero de
1836. Dolores, de
vuelta en Madrid, le
anuncia a Mariano
José, el 13 de
febrero de 1837, que
irá a visitarlo a su
casa acompañada de
una amiga. Parece
que Larra ve la
posibilidad de
reanudar las
relaciones. Aquel
día visita a
Mesonero Romanos, a
su mujer y pasea por
el Prado en compañía
de Mariano Roca de
Togores, con quien
piensa escribir en
colaboración un
drama sobre Quevedo.
Era lunes de
Carnaval, ya
anochecido, recibe a
Dolores que viene
acompañada de su
cuñada. Ha venido a
rechazar cualquier
posibilidad de
arreglo. Cuando
salen las dos
mujeres de la casa y
todavía no van
lejos, Larra se pega
un tiro.
Antonio Machado
piensa que fue "un
acto maduro de
voluntad y de
conciencia.
Anécdotas aparte,
Larra se mató porque
no pudo encontrar la
España que buscaba,
y cuando hubo
perdido toda
esperanza de
encontrarla". Esto
lo escribe Machado
cien años después,
pero inmediatamente
se le dio al
suicidio de Larra
esa significación
llena del simbolismo
de la esperanza
perdida a que se
refiere Machado.
Recordemos los
versos de Zorrilla
ante la tumba del
suicida: "Miró en el
tiempo el porvenir
vacío,/ vacío ya de
ensueños y de gloria".
A la manifestación
cívica del entierro
("primera protesta a
las viejas
preocupaciones que
venía a derrocar la
revolución", según
recuerda Zorrilla en
sus memorias) sigue
la canonización en
los artículos
necrológicos de los
periódicos en los
días siguientes.
Larra es el mártir
de la sociedad,
dijeron entonces. A
Larra "le mató la
sociedad de su
tiempo", dice
Eduardo Haro Tecglen,
comentando
La detonación,
de Buero Vallejo.
Recién muerto, unos
hablan de "una
sociedad corrompida
y estúpida", otros
de "un mundo
corrompido". Su
amigo Roca de
Togores se lamenta
en
El Español
(15 de febrero): "cada
uno de esos
artículos que el
público lee con
carcajadas eran
otros tantos gemidos
de desesperación que
lanzaba a una
sociedad corrompida
y estúpida que no
sabía comprenderle"
y piensa que se
suicida por "un ser
ideal que no ha
sabido encontrar".
El poeta Jacinto
Salas y Quiroga lo
glorifica hasta lo
sublime diciendo que
la existencia del
suicida "ha forjado
el tejido de un
drama sublime cuyo
desenlace... está
encerrado en la
tumba: esa flor no
pudo arraigarse en
un mundo corrompido"
(Revista
Nacional,
16 de febrero).
Estamos viendo cómo
de Larra se está
creando la figura
del héroe romántico:
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que
habita,
es una planta
maldita
con frutos de
bendición.
(Zorrilla)
Esta exaltación
romántica del
suicida, como
víctima sublime del
mal del siglo, es lo
que produce una
reacción contraria,
como vemos en la
necrología de unos
días después, el 19
de febrero, firmada
con las iniciales P.
S. en el
Eco del Comercio:
"Notable es el abuso
que se ha llegado a
hacer del
romanticismo,
alterando los
principios de la
sana moral,
presentando a la
imitación del pueblo
horrores de cuya
posibilidad casi
debía dudar,
trastornando la
cabeza o exaltando
las pasiones en
términos de originar
desgracias o
catástrofes". En
definitiva, unos y
otros lo consideran
mártir o víctima de
la sociedad. Para
bien o para mal
parece como si todos
estuvieran
recordando la
conclusión del
artículo sobre el
Día de Difuntos:
“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche
helaba mis venas.
Quise salir
violentamente del
horrible cementerio.
Quise refugiarme en
mi propio corazón,
lleno no ha mucho de
vida, de ilusiones,
de deseos.
¡Santo cielo!
También otro
cementerio. Mi
corazón no es más
que otro sepulcro,
¿Qué dice? Leamos.
¿Quién ha muerto en
él? ¡Espantoso
letrero!¡Aquí yace
la esperanza!
¡Silencio,
silencio!”
José Escobar
Glendon College,
York University
Toronto, Canadá
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