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LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
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La Guerra Civil Española ha sido
considerada en muchas ocasiones
como el preámbulo de la
Segunda Guerra Mundial
puesto que sirvió de campo de
pruebas para las
potencias del Eje y la
Unión Soviética, además de
que supuso una confrontación
entre las principales
ideologías políticas que
entonces convivían en
Europa y que entrarían en
conflicto poco después: el
fascismo, la
democracia representativa de
tradición
liberal y los diversos
movimientos revolucionarios (socialistas,
comunistas,
estalinistas y
trotskistas, y
anarquistas). Los partidos
republicanos defendieron el
funcionamiento democrático
parlamentario del
Estado por medio de la
Constitución vigente, la
Constitución de la República
Española de 1931. Los
anarquistas defendían la
implantación de un modelo
libertario. Los
nacionalistas defendieron su
autonomía. Algunos
revolucionarios buscaban
implantar la
dictadura del proletariado,
otros eliminar la coerción de
cualquier estructura
jerárquica. Muchos militares
sublevados y los
falangistas defendieron, en
palabras del propio
Franco, la implantación de
un
Estado totalitario. Los
monárquicos pretendían la vuelta
de
Alfonso XIII. Los
carlistas la implantación de
la dinastía carlista, etc. En
ambos bandos hubo intereses
encontrados.
De hecho, al estallar la Guerra
Civil, estas divisiones
ideológicas quedaron claramente
marcadas: los regímenes
fascistas europeos (Alemania
e
Italia),
Portugal e
Irlanda apoyaron desde el
principio a los militares
sublevados.
El gobierno republicano recibió
el apoyo de la
URSS, único país comunista
de Europa, quien en un primer
momento movilizó las
Brigadas Internacionales y
posteriormente suministró equipo
bélico a la República. También
recibió ayuda de
México, donde hacía poco
había triunfado la
revolución.
Las democracias occidentales,
Francia, el
Reino Unido y
Estados Unidos decidieron
mantenerse al margen, según unos
en línea con su política de
no-confrontación con Alemania,
según otros porque parecían
preferir la victoria de los
sublevados. No obstante, el caso
de Francia fue especial, ya que
estaba gobernada, al igual que
España, por un
Frente Popular. Al principio
intentó tímidamente ayudar a la
República, a la que cobró unos
150 millones de dólares en ayuda
militar (aviones, pilotos,
etc.), pero tuvo que someterse a
las directrices del Reino Unido
y suspender esta ayuda.
En cualquier caso, esta
alineación de los diferentes
países no hacía más que reflejar
las divisiones internas que
también existían en la España de
los
años 1930 y que sólo pueden
explicarse dentro de la
evolución de la política y la
sociedad española en las
primeras décadas del
siglo XX.
Algunos ven en estas profundas
diferencias político-culturales
lo que
Antonio Machado denominó
las dos Españas. En el bando
republicano, el apoyo estaba
dividido entre los demócratas
constitucionales, los
nacionalistas periféricos y los
revolucionarios. Éste era un
apoyo fundamentalmente urbano y
secular aunque también rural en
regiones como
Cataluña,
Valencia,
País Vasco,
Asturias y
Andalucía. Por el contrario
en el bando nacional, el apoyo
era básicamente rural y burgués,
más
conservador y
religioso. Sobre todo fueron
aquellas
clases más o menos
privilegiadas hasta entonces,
(burgueses, aristócratas, muchos
militares, parte de la jerarquía
eclesiástica,
terratenientes o pequeños
labradores propietarios...) que
tras la victoria del
Frente Popular veían
peligrar su posición o
consideraban que la unidad de
España estaba en peligro.
El número de víctimas civiles
aún se discute pero son muchos
los que convienen en afirmar que
la cifra se situaría entre
500.000 y 1.000.000 de personas.
Muchas de estas muertes no
fueron debidas a los combates
sino a las ejecuciones sumarias,
paseos, que ambos bandos
llevaron a cabo, en la
retaguardia, de forma más o
menos sistemática o
descontrolada. Los abusos se
centraron en todos aquellos
sospechosos de simpatizar con el
bando contrario; en el bando
nacional se persiguió
principalmente a
sindicalistas y políticos
republicanos (tanto de
izquierdas como de derechas),
mientras en el bando republicano
esta represión se dirigió
preferentemente hacia los
falangistas, burgueses,
aristócratas, militares,
simpatizantes de la derecha o
sospechosos de serlo,
sacerdotes y
laicos de la
Iglesia Católica, llegando a
quemar conventos e iglesias y
asesinando a trece
obispos, 4.184 sacerdotes,
2.365 religiosos, 263 monjas y
millares de personas vinculadas
a asociaciones confesionales o
meramente católicas
practicantes. Es incalculable la
pérdida en el patrimonio
histórico y artístico, pues se
destruyeron unas 20.000 iglesias
-entre ellas varias catedrales-
incluyendo su ornamentación
(retablos e imágenes) y
archivos.
Tras la guerra, la represión
franquista se cebó con el bando
perdedor iniciándose una
limpieza de toda esa España
Roja y de cualquier elemento
relacionado con la República lo
que condujo a muchos al exilio o
a la muerte. La
economía española tardaría
décadas en recuperarse.
Los simpatizantes republicanos
vieron la guerra como un
enfrentamiento entre "tiranía y
democracia", o "fascismo y
libertad", y muchos jóvenes
idealistas de otros países
participaron en las Brigadas
Internacionales pensando que
salvar a la República Española
era la causa idealista del
momento. Sin embargo, los
partidarios de Franco la vieron
como una lucha entre las
"hordas rojas" (comunistas y
anarquistas) y la
"civilización cristiana".
Pero estas
dicotomías son,
inevitablemente,
simplificaciones: en los dos
bandos había ideologías
variadas, y muchas veces
enfrentadas (por ejemplo
anarquistas contra comunistas en
uno, falangistas contra
monárquicos y carlistas en el
otro).
Trasfondo político
Artículo principal:
Segunda República Española
Al abandonar Alfonso XIII
España, vista la falta de apoyo
popular en las elecciones
municipales de 1931, se proclama
la República y se convocan
elecciones que ganan las
izquierdas republicanas y
obreras (el
PSOE se convierte en el
partido con más diputados en las
Cortes). Comienza el llamado
Bienio Progresista, durante el
que el gobierno de la República,
formado por distintas
formaciones republicanas de
izquierda (Acción
Republicana,
radicales-socialistas...) y
el
Partido Socialista, trata de
poner en marcha una serie de
leyes de alto contenido social.
El fracaso y la lentitud en la
aplicación de las mismas llevan
a un descontento popular que
culmina en una serie de
levantamientos anarquistas (en
enero y
diciembre de 1933),
reprimidos con dureza y que
provocan un fuerte escándalo
político, la caída del gobierno
y la celebración de elecciones
anticipadas en 1933.
La
CEDA, partido
derechista, gana estas
elecciones, pero el Presidente
de la República no les permite
formar gobierno, por lo que lo
acaban formando los radicales de
Lerroux con el
imprescindible apoyo de la CEDA.
Comienza el gobierno de centro
derecha llamado por la izquierda
Bienio Negro ya que anuló muchos
de los derechos sociales y
reformas progresistas aprobadas
durante el gobierno anterior,
bienio progresista, oponiéndose
especialmente a la
reforma agraria. Gran parte
del pueblo llano había esperado
grandes cambios de la Segunda
República. Pero la victoria de
los conservadores truncó las
esperanzas de muchos y
reverdeció la agitación y las
protestas al ver el rumbo de
marcha atrás que tomaba su
política.
Ante lo que consideran mal
gobierno de Lerroux, la CEDA
exige su participación en el
gobierno. Se nombran tres
ministros de la CEDA, pero este
nombramiento (constitucional) no
es aceptado ni por la izquierda
ni por los nacionalistas. ERC (Esquerra
Republicana de Catalunya)
proclama desde Barcelona el
Estado Catalán dentro de la
República Federal Española
y UGT declara una huelga general
revolucionaria, lo que provoca
la
Revolución de 1934 y la
proclamación desde
Oviedo de la República
Socialista Española. La
situación queda rápidamente
dominada por el gobierno, salvo
en
Asturias, único lugar en el
que los anarquistas se unen a
los partidos y sindicatos de
izquierdas. El gobierno reprime
la sublevación de Asturias con
dureza, trayendo de
África a la
Legión, y, una vez
finalizada, se produce una
fuerte represión.
Los escándalos financieros y
políticos hacen caer al gobierno
radical-cedista, y se convocan
nuevas elecciones, en las que,
por primera vez en mucho tiempo
la izquierda une fuerzas
formando el
Frente Popular y los
anarquistas, tradicionalmente
abstencionistas, a pesar de
no formar parte de la coalición,
le dan su apoyo.
Con unos resultados muy
ajustados, gana las elecciones
el Frente Popular. Poco tiempo
después, basándose estrictamente
en una norma sobre la disolución
de las Cortes, es destituido el
Presidente de la República,
Alcalá-Zamora; por otra
parte, se destina fuera de
Madrid a los generales que se
consideran desafectos a
la república.
Durante la Segunda República la
polarización de la política
española que se inició a finales
del
siglo XIX alcanza su cenit.
Conviven una izquierda
revolucionaria y una derecha
fascista importantes, con
una izquierda moderada y una
derecha republicana; un centro
anticlerical y una derecha de
fuerte componente católico y
monárquico, una sociedad secular
muy anticlerical y un
catolicismo ultraconservador.
Desde
1808, la sociedad española
intentaba salir de una tradición
absolutista que, a
diferencia del resto de países
de Europa, lastraba aún al país
manteniendo fuertes diferencias
económicas entre privilegiados y
no privilegiados, derivados del
moderantismo decimonónico.
Los conservadores, muchos
militares,
terratenientes y parte de la
jerarquía católica ven peligrar
su posición privilegiada y su
concepto de la unidad de España.
Una población rural dividida
entre los jornaleros anarquistas
y los pequeños propietarios
aferrados a (y dominados por)
los
caciques y la iglesia; unos
burócratas conformistas y una
clase obrera con salarios muy
bajos y, por lo tanto, con
tendencias
revolucionarias propias del
nuevo siglo, hacen que también
entre las clases pobres la
división fuese muy acusada.
También existía una tradición de
más de un siglo (desde los
tiempos de
Fernando VII) según la cual
los problemas no se arreglaban
más que con los levantamientos.
Este conjunto de circunstancias
hace que, durante la Segunda
República el clima social sea
muy tenso, la inseguridad
ciudadana muy alta y los
atentados de carácter político o
anticlerical una lacra para el
país.
No es extraño pues que en una
España marcada por la reciente
dictadura de
Primo de Rivera e intentonas
fallidas como las de
Sanjurjo volviese a haber
ruido de sables y se temiese un
plan para derribar al nuevo
gobierno establecido. Los
acontecimientos darían la razón
a los pesimistas.
Los detonantes
Entre febrero y julio de 1936 se
produjeron grandes disturbios en
la calle, contabilizándose
centenares de tiroteos y decenas
de muertos, además de asaltos a
iglesias, partidos políticos o
periódicos.
El
14 de abril de
1936 se produce el desfile
de conmemoración del Quinto
aniversario de la República,
presidido por Manuel Azaña.
Durante el paso de la guardia
civil, los abucheos y los
disturbios fueron abundantes, ya
que se dudaba de la fidelidad al
gobierno de la misma, y el
resultado fue la muerte del
alférez De los Reyes durante una
trifulca.
Pero el
16 de abril el entierro
constituyó una excusa para que
la derecha se echase a la calle
para protestar efusivamente; la
comitiva, que quiso recorrer
mucha más distancia que la que
la separaba del cementerio,
acabó por provocar trifulcas
(existen fotografías de tiroteos
por la calles) que hicieron
entrar en juego a los Guardias
de Asalto. En todo este caos,
resulta muerto Andrés Sáenz de
Heredia (primo de
José Antonio Primo de Rivera,
fundador de
Falange) y una muchedumbre,
al observar cómo el teniente
José Castillo dispara a un
joven tradicionalista
(carlista), José Llaguno Acha,
enfurece e intenta lincharlo.
Tanto el joven como él
necesitaron atención médica.
Y el
12 de julio, el mencionado
José Castillo muere
asesinado mientras pasea
tranquilamente por la calle
(probablemente por falangistas).
Castillo era conocido por su
activismo izquierdista y por
negarse a intervenir contra los
manifestantes de Asturias, yo
no tiro sobre el pueblo,
fueron sus palabras, y este acto
de rebeldía le costaría un año
de cárcel.
La conmoción por el asesinato no
tardó en extenderse entre la
propia
Guardia de Asalto a la que
él pertenecía. Y a la madrugada
siguiente, en represalia, un
grupo de guardias, al no
encontrar en su casa a
Gil-Robles, secuestran y
matan a
José Calvo Sotelo, quien era
miembro del parlamento y líder
de la oposición al Frente
Popular y fue ministro de
finanzas durante la
dictadura de
Miguel Primo de Rivera. Este
crimen convenció de la necesidad
de dar el Golpe de Estado a los
militares que aún estaban
indecisos, entre ellos y según
Preston, a Franco. Este Golpe de
Estado estaba preparado por Mola
(el Director) para
mediados o finales de Julio
desde hacía tiempo (el
Dragon Rapide ya estaba en
camino), y contaba con el apoyo
de la Falange y de los
movimientos conservadores y
católicos. El levantamiento
acababa de comenzar.
La Guerra
Resumen cronológico
Véase también:
Cronología de la Guerra Civil
Española
La Insurrección del 17 de julio
El golpe de estado fue
cuidadosamente planeado, entre
otros militares, por los
generales
José Sanjurjo,
Emilio Mola (el Director
del alzamiento) y secundada por
Francisco Franco, con el que
contaban desde el principio,
pero que no confirmó su
participación hasta el asesinato
de Calvo Sotelo. Los planes se
establecieron ya en la primavera
de 1936, y en la conspiración
participaron mandos militares -
la Unión Militar Española,
antirrepublicana, y la Junta de
Generales (cuyo coordinador era
el mismo Mola) -, monárquicos,
carlistas y otros sectores de la
extrema derecha.
El general
José Sanjurjo debería haber
sido el futuro Jefe de Estado
pero murió en accidente de
aviación al trasladarse a España
desde
Portugal, donde estaba
exiliado por su intento de golpe
de estado en
Sevilla el
10 de agosto de
1932.
Los últimos detalles de la
sublevación se concretaron
durante unas maniobras
realizadas el 12 de julio en el
valle del
Llano Amarillo, en Ketama,
Marruecos, estando previsto
dar el golpe de estado
escalonadamente, el 18 en
Marruecos y el 19 en el resto de
España.
El 17 de Julio por la mañana, en
Melilla, los tres coroneles que
estaban al tanto del alzamiento
militar, se reúnen en el
departamento cartográfico y
trazan los planes para ocupar el
18 los edificios públicos,
planes que comunican a los
dirigentes falangistas. Uno de
los dirigentes locales de la
Falange informa al dirigente
local de Unión Republicana,
llegando esta información al
General Romerales, Comandante
Militar de Melilla, que a su vez
informa a
Casares Quiroga. Romerales
envía por la tarde una patrulla
de soldados y guardias de asalto
a registrar el departamento
cartográfico. El coronel al
mando del mismo retrasa el
registro y llama al cuartel de
la legión, desde donde le envían
un grupo de legionarios. Ante
estos, la patrulla se rinde y
los sublevados proceden a
arrestar a Romerales, proclaman
el estado de guerra e inician
anticipadamente el
levantamiento, informando a sus
compañeros del resto de
Marruecos que habían sido
descubiertos. Esto hizo que en
Marruecos se adelantase la fecha
prevista.
Mola decide adelantar las fechas
previstas, por lo que al día
siguiente, 18 de Julio, la
sublevación se generaliza en
casi toda España, y el 19 de
Julio ya es general.
Excepto casos aislados, los
militares triunfan en las zonas
donde fueron más votadas las
candidaturas de derechas en las
elecciones de febrero de
1936, y fracasan donde la
victoria electoral correspondió
al
Frente Popular, como en
Madrid y
Barcelona, donde la
insurrección es aplastada sin
miramientos. Así, el
21 de julio los rebeldes han
tomado el control de la zona de
Marruecos bajo
protectorado español, las
islas Canarias (excepto
La Palma), las
islas Baleares (excepto
Menorca) y la parte de la
España peninsular situada al
norte de la
sierra de Guadarrama y del
río
Ebro, excepto
Asturias,
Cantabria y el
País Vasco en la costa
norte, y la región de
Cataluña en el nordeste. El
27 de julio de 1936, llegó a
España el primer escuadrón de
aviones italianos enviado por
Benito Mussolini.
Las fuerzas republicanas, por su
parte, consiguen sofocar el
alzamiento en la mayor parte de
España, incluyendo todas las
zonas industrializadas, gracias
en parte a la participación de
las
milicias recién armadas de
socialistas,
comunistas y
anarquistas, así como a la
lealtad de la mayor parte de la
Guardia de Asalto y, en el caso
de Barcelona, de la Guardia
Civil. El gobernador militar de
Cartagena, Toribio Martínez
Cabrera, era simpatizante del
Frente Popular y la marinería
también era contraria al golpe
militar, lo que unido a los
tumultos populares de los días
19 y 20 hicieron fracasar el
movimiento golpista en Murcia.
Por otra parte, caen en manos de
los sublevados algunas de las
ciudades
andaluzas más grandes,
incluyendo
Sevilla (donde el general
Gonzalo Queipo de Llano se
hace con inusitada facilidad con
el mando de la 2ª División
Orgánica),
Cádiz,
Granada y
Córdoba.
En este contexto, los
nacionalistas y los republicanos
proceden a organizar sus
respectivos territorios y a
reprimir cualquier oposición o
sospecha de oposición. Una
estimación mínima señala que más
de 50.000 personas fueron
ejecutadas, muertas o asesinadas
en cada bando, lo que nos da una
indicación de la gran dureza de
las pasiones que la guerra civil
había desatado.
El resultado del levantamiento
es incierto. Aproximadamente un
tercio del territorio español ha
pasado a manos rebeldes con lo
que ninguno de los dos bandos
tiene absoluta supremacía sobre
el otro. La intentona de
derrocar de un golpe a la
República había fracasado
estrepitosamente. Ambos bandos
se preparan para lo inevitable.
Un enfrentamiento que iba a
desangrar España durante tres
largos años. La Guerra Civil
Española acababa de empezar.
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