A propósito de Roger Chartier.
Las Meninas: Mirada absoluta y
vida privada
por
Frederic Chordá
Historia, Antropología y Fuentes
Orales nº 31
Número de páginas: 0
Chartier
[
1 ]
recuerda como Montaigne escribe
que «la camisa y la piel siempre
fueron dos, claramente
separadas»; el rey también es
hombre y tiene piel, «pero no
puede salir del teatro público
del ritual cortesano».
Las Meninas (1656)
hace referencia a esta
situación, presentando una
escena banal en el Alcázar:
Velázquez está pintando a los
Reyes, acompañados de la Infanta
Margarita y cortesanos; el
cuadro proporciona perfectamente
la ilusión de las tres
dimensiones de la realidad
usando sólo dos, como si el
marco de la tela fuera la puerta
de una habitación; el rey es
quien parece mirar, reflejado en
el espejo y situado frente a
éste.
|

Velázquez (1599-1660),
Las Meninas (1656),
óleo sobre lienzo,
310x276 cm,
Museo Nacional del Prado |
En
Las Meninas el pintor hace que el espectador asuma la
experiencia de la supremacía
todapoderosa del rey mediante la
expresión de su capacidad
visual. Velásquez fue el pintor
de Felipe IV, rey absoluto: Se
considera al soberano
representante de Dios en el
reino y única fuente legítima de
autoridad: verdaderamente sólo
él podía mandar y todos los
magistrados, generales y
funcionarios ejercían la
potestad por delegación suya.
[
2 ]
El buen uso del poder real
absoluto, por especial gracia
divina, estaba garantizado
mediante la concesión al monarca
de facultades excelsas; entre
otras, y como síntesis de todas
ellas, una total acuidad visual,
una penetración absoluta, que
captaba comprensivamente la
realidad y llegaba al corazón de
las cosas. Esa cualidad de la
mirada real parece retomar las
palabras de las Escrituras: «Has
penetrado mis secretos y me has
conocido» [ps. 139, 1] de forma
que se asimila la mirada del rey
a la divina
Velázquez ha asimilado la
representación (o retrato) de la
realidad -que es el objetivo de
su oficio (considerado vil e
indigno de un noble)- con la
virtud más importante del rey,
su capacidad para el
conocimiento, manifestada en la
mirada total. Homologando
Velázquez un objetivo de su
trabajo con otro del oficio real
se estaba situando al mismo
nivel del rey, prácticamente
ennobleciéndose, no mediante el
ejercicio de las armas -que era
el procedimiento tradicional-
sino precisamente por la
práctica de su oficio,
invirtiendo el sistema de
valores, haciéndolos girar sobre
un eje, según se evidencia en la
estructura del cuadro. Todos los
dispositivos generados por
Velázquez tienen por único
objeto crear la impresión de
relieve, de profundidad.
Velázquez asume y, con él, todos
los espectadores que mirarán
esta pintura, la perspectiva, o
posición, y propiedad de la
mirada real. Para que nosotros
podamos compartir esa mirada
real se ha provocado una
inversión: el rey ha dejado de
ser, «por un momento
excepcional» (que es el que
nosotros estamos viviendo)
[
3 ] ,
una persona pública y se ha
convertido en un padre de
familia que está en su casa, con
los suyos: esposa, hija y
servidores, y lo están
retratando, «sustraído al
Estado», como dice Chartier: no
hubiera sido posible asumir la
mirada real cuando ésta
acometiera algún asunto de
gobierno, ello hubiera
constituido una usurpación, una
traición al rey, y un pecado
contra Dios que es quien lo ha
situado en su trono. El rey, en
Las Meninas , es, a
la vez, punto central y
marginal, sujeto que mira y
objeto reflejado. La visión
había de ser central, y todos
los factores de la imagen debían
convergir en el
ojo y en la imagen
del rey que es el centro de la
vida social. Nuestro punto de
vista de espectadores, que es
muy próximo al real,
prácticamente lo comparte,
[
4 ]
establece una perspectiva. Es
como si en la habitación se
formara una doble pirámide: el
vértice de la primera estaría en
el ojo del que contempla (casi
en el lugar del rey) y se
expandiría hasta cubrir
exactamente toda la superficie
de la imagen, allí se acoplaría
a otra simétrica, que
convergería hacia el fondo,
hacia la pared de enfrente con
el espejo (en donde está el
rey), precisamente en el brazo
del modelo que está en la
escalera.
|

Análisis de la
perspectiva de las
Meninas |
Esta situación, que se da
siempre que miramos, es la que
se repite para que nosotros
podamos acceder a la mirada
real. Hay un único punto de
vista ideal e
individual o singular, según recuerda Chartier, en el que
se encaja o implementa, como en
una prótesis a medida, el ojo
del espectador y, también, hay
un único punto de fuga, en el
que convergen todos los
elementos de la imagen y que es
su centro. Velázquez (casi)
asimila la perspectiva real a la
pictórica: un punto de vista
único sobre la realidad (en el
que el espectador es el rey y la
percepción individual). Aquí,
puede parecer que el centro del
cuadro está en el espejo pero,
en realidad, queda algo a la
derecha de éste. El pintor ha
dado lugares distintos -pero tan
próximos que pueden confundirse-
al rey y al espectador.
|

El pintor ha pasado a
ocupar
el punto de vista del
espectador,
casi compartiendo el del
rey
(Cristina Jiménez) |
Este proceso rotatorio, de
reversión, eminentemente
dinámico, queda bien manifiesto
en diferentes efectos, como el
canto de la tela, en primer
término, o la puerta que gira,
al fondo, o aún en las faldas o
en el espejo, que indican la
translación circular, hasta
llegar a lo contrario respecto a
la situación inicial. Esta
rotación también nos dice que,
aunque el rey y nosotros estemos
en lugares opuestos e
irreconciliables, la relación
entre ambos sea de necesaria
oposición, giramos sobre un
mismo eje y somos no sólo
solidarios sino también
complementarios. Existe una
relación de equivalencia, como
una ecuación, y una búsqueda de
equilibrio.
Pero en esa relación binaria, la
posición del rey queda
claramente diferenciada por su
situación en el interior del
espejo. Éste está perfectamente
centrado, enmarcado, dentro de
una frontera metálica -el hilo
de oro- detrás del cristal
pulido e inalterable. El rey
puede estar en una posición que
no es la oficial, o
protocolaria, pero queda
apartado de todos, en su lugar
exclusivo. El espejo predica la
idea del cuadro: «retrato de la
mirada real». Así pues,
Velázquez señala la posición
única del rey en el centro de la
tela, distinta a la del
espectador.
También el marco, que establece
los límites, le da al cuadro ese
mismo valor cerrado, intocable,
del espejo.
En
Las Meninas , conocemos la (excelsa) percepción real
mediante el trabajo (deshonroso)
del artista; la mirada privativa
del rey es retratada, aplicada
al ámbito familiar, en un ámbito
vital considerado «privado, que
propiamente no tiene», según
dice La Bruyère, citado por
Chartier. Velázquez, es el único
que puede conocerla y pintarla
porque el pintor del rey es el
rey de los pintores.
[
5 ]
NOTAS
-
[ 1 ]
. «El tiempo que sobra. Ocio
y vida cotidiana en el mundo
hispánico de la modernidad»,
en
HAFO , núm. 31,
2004.
-
[ 2 ]
. «Los príncipes trabajan
como ministros de Dios y son
sus sustitutos en la
Tierra», dice Bossuet (M.V.
López-Cordón y J.U. Martínez
Carreras,
Análisis y Comentarios de
Textos Históricos
.Vol 2:
Edad Moderna y Contemporánea
, Madrid,
Alhambra, 1978, p. 131).
-
[ 3 ]
. Para un análisis de la
privatización referido al
cuadro véase Díez del
Corral,
Felipe IV, la Monarquía e
Italia , sin
lugar de edición, 1977, en
especial ps. 101-102: «El
nombre de "La Familia" con
el que se conoció cuando fue
pintado [...] supone una
degradación desde el punto
de vista de la
representatividad política
del cuadro, tan distinto de
estos efectos de los que
figuraban en el Salón de
Reinos y en la Torre de la
Parada [...]. Trátase de una
verdadera privatización de
la vida cortesana,
desprovista de todo
formalismo o simbolismo
político. Es más: el
espectador, en vez de ser
tratado como súbdito o
devoto destinatario, es
sutil pero inexorablemente
convertido en partícipe de
la representación con
supremo rango de dignidad,
puesto que lo es a título
regio». Téngase también el
cuenta que el cuadro, en
tiempo de Felipe IV, estaba
expuesto en un espacio
privado, el despacho de
verano, en la galería del
cierzo, del viejo Alcázar,
según establece Brown (
Velázquez, Painter and
Courtier , 1986,
New Haven-London, Yale
University Press, p. 259).
-
[ 4 ]
. La diferencia de lugar,
entre rey y espectador,
existente aunque ciertamente
sea muy pequeña, se debería
a motivos de decoro, según
Brown (ver su
Sobre el Significado de Las
Meninas , 1978,
donde trata variadamente la
cuestión, reeditado por
Fernando Marías (ed.),
Otras Meninas ,
Madrid, Siruela, 1995, ps.
67-92).
-
[ 5 ]
. En Chordá, «Computer
Graphics for the Analysis of
Perspective in Visual Art:
Las Meninas, by Velázquez»,
Leonardo
(Berkeley, California), Vol.
24, núm. 5, 1991, ps.
563-567, trato desde
aspectos más técnicos el
asunto; también puede verse
también mi otro trabajo,
Velázquez ,
CD-ROM, Barcelona, 1993, DR
Multimedia, que es un
análisis general sobre
Velázquez, con una
simulación del cuadro; en
De lo visible a lo virtual
(Barcelona, en
prensa, Anthropos) trato,
más ampliamente, el análisis
aquí sólo esbozado. Para
comparar con otras
interpretaciones, véase la
antología de F. Marías
(ed.),
op. cit .
|