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FLAMENCO, UN JOVEN DE 200 AÑOS
por Luis Clemente
El flamenco es un arte joven,
que goza de solamente dos siglos
de existencia y, a partir de la
adaptación de la guitarra, se ha
encontrado en un constante fluir.
Un movimiento que pervive del
romanticismo del siglo XIX, una
de las músicas autóctonas más
singulares y ricas del mundo, no
puede permanecer en la estacada,
porque es indiscutible su origen
mestizo: los años fueron
delimitando el territorio de la
palabra flamenco.
El flamenco es absorción y
metabolización y el concepto de
fusión viene de muy antiguo,
sólo que se le ha denominado con
otras palabras y a veces se
realizaba de forma inconsciente.
Caracol declaró lo siguiente
hace muchos años: "¡Se puede
cantar con orquesta y se puede
cantar con una gaita! ¡Con todo
se puede cantar! Con una gaita,
con un violín, con una flauta...".
El nuevo flamenco no nació en
los 80. Hace muchas décadas que
existe "otro" flamenco. El
movimiento es lo esencial, lo
que decide. El movimiento
significa vida.
Los orígenes del flamenco están
sumidos en oscuridad. Tras una
niebla de mitología y misterio
se van difuminando las
referencias de partida para el
más genuino producto de la
cultura andaluza, que de esta
forma comienza mostrándose
cerrado y hermético. Todo
folclore procede de antiguas
tradiciones, de creaciones
colectivas, pero del flamenco se
sabe que tiene poco más de dos
siglos de vida. Más allá, son
sólo bonitos ensueños morunos;
fantasías inasequibles, actos de
lujuria mental cuando la lógica
ha perdido sus argumentos.
En el siglo XIX se concreta el
flamenco tal como lo conocemos;
es más, la palabra "flamenco" es
aplicada al arte a mediados del
siglo. Según los estudiosos, a
partir de 1853 llegan a Madrid
los primeros artistas flamencos
y en 1881 se publica la primera
"Colección de cantes flamencos",
libro de Antonio Machado y
Álvarez. Por entonces existe ya
una continua pugna: al
profesionalizarse con los cafés
cantantes, surgen los defensores
de una gran pureza no
contaminada y la de quienes
abogan por la proyección a
través de canales de difusión.
En el siglo XX tiene lugar la
recreación, copia y restitución,
las aportaciones interpretativas.
Sí, el flamenco hunde sus raíces
en un pasado ignoto, pero toma
forma en estos dos últimos
siglos con muy pocas variantes
esenciales, producidas en el
momento en que sale de sus
esferas originarias. Ha dejado,
pues, poco lugar a
experimentaciones debido a su
culto absoluto a la tradición,
aunque hoy los cantes se alargan
con formas más relajadas, sin
tanto nervio como el que podemos
oír en las grabaciones del
primer cuarto de siglo.
Es una cuestión de
creadores-engrandecedores-reproductores.
El remake, el continuo sampler
personalizado del flamenco, la
versión bola-de-nieve. En este
sentido es de destacar la
ingente labor recopiladora de
Antonio Mairena (1909-1983), que
sentenció aquello de "el mundo
universalista no le va al cante".
Este cantaor es el catalizador
del enciclopedismo, sin embargo,
se han levantado no pocas
controversias alrededor de la
legitimidad en su labor de
instalación de cantes,
originando un enigma en el que
cabe la grandeza de inspiración
propia ante la inspiración de
reliquias.
Los cantes están ya formados, al
árbol genealógico no le cabe ni
una rama más. El flamenco es un
folclore con el cerrojo puesto,
por tanto bien conservado. Hoy
es muy delicado innovar en un
arte con tanta concentración de
pureza y, lo que es más, se
tiende en el sentido inverso.
Existe una realidad con
tendencia a la entelequia: el
flamenco es mejor cuanto más
sabor añejo posee.
Hacer evolucionar el flamenco es
algo de lo que sólo han sido
capaces artistas muy
trabajadores, muy enraizados,
muy creativos y de condiciones
excepcionales. Se da la
circunstancia de que dos de los
más grandes trabajaron juntos la
mayor parte de sus vidas:
Camarón y Paco. Desde hace
veinticinco años existen varios
frentes de bombardeo creativo
con reconocimiento
internacional, debido en gran
parte a Paco de Lucía y Manolo
Sanlúcar a la guitarra, Antonio
Gades y Mario Maya al baile,
Camarón y Enrique Morente al
cante. Es como si al final de la
dictadura comenzara a colorearse
el flamenco. Nuevos instrumentos
y formas musicales se acomodan
entre el cante y el toque,
tomándose la carrera de Camarón
y Paco como paradigma de estas
mutaciones. Redefinieron el
flamenco para una nueva
generación.
De toda esta urdimbre siempre
destacan hilos sueltos, caminos
disconformes y posturas
disidentes: los flamencos que se
han salido de los cánones, los
músicos de otros campos que se
han interesado por el flamenco,
espíritus inquietos de otras
tradiciones musicales... La
historia del flamenco es una
sucesión de impurezas y el
progreso es un valor ambiguo.
Evolución natural. Al principio
se encontraba inmerso en el
ambiente familiar y los
consiguientes procesos de
adaptación, puesto que el
flamenco surge gracias a
creadores personales y a las
divisiones por zonas, como
prueban los subtítulos de los
cantes (Soleá de Alcalá,
Malagueña de la Trini). Está
claro que quienes han dejado
huellas en la historia son los
que se preocupan por desarrollar
vías propias...
La evolución última del flamenco
se basa en reinterpretaciones.
No se trata de progresión (ya no
por suma de instrumentos o
aplicación de la electricidad)
sino de atrevimientos al
desempolvar viejas glorias. La
mayor parte de las normas se
hicieron para ser transgredidas,
pero, como música ágrafa, como
folclore cerrado y bien
conservado, el flamenco debe ser
maquillado con pasión.
A finales del siglo XX se puede
hablar del "elemento mestizo
cultural", donde lo más valioso
se encuentra en los experimentos
que respeten los ritmos
ancestrales, que son los menos,
los degustadores de
atrevimientos con lo arraigado.
Para hablar de vanguardia habría
que recuperar el sentimiento
denso, desgarrado y quebradizo
cada vez más ausente en el
flamenco. De otro lado está el
cantaor como archivo andante,
cargado y recargado de
referencias, homenajes,
influencias, préstamos, robos y
plagios. La cámara moviente del
caleidoscopio flamenco. No se
piensa que los primitivos se han
recreado también en el mito de
la frontera.
El mestizaje en España no es una
moda, sino una historia muy
antigua y muy profunda, somos
uno de los pueblos fronterizos
de Europa, que está compuesto de
culturas e incluso razas
diversas, y nuestra fuerza está
en lo que podamos destilar de
todo eso; por otra parte hay que
cuidarse de la moda y buscar una
perspectiva más intemporal del
mestizaje no sólo hacia atrás
sino también para delante, en el
sentido de pensar que no hay que
buscar un mosaico de colores
diversos y montar bandas de
folclores integrados, sino que
hay que hacer un doble trabajo,
traerse a través de la frontera
el contrabando que uno necesite,
pero luego masticarlo y
digerirlo hasta convertirlo en
el sonido de tu propia casa. No
es cuestión de ir por el mundo a
toda velocidad en avión
escogiendo de aquí y de allá,
echándolo todo en la olla luego
y que un técnico lo mezcle y ya
tenemos un nuevo género y un
nuevo ritmo de moda para este
año.
Es lo mismo que la defensa del
modelo de biodiversidad: frente
a la globalización, la identidad
del terruño. Dicho de otra
forma, a la homogeneización
cultural por la electricidad. La
luz eléctrica de las nuevas
generaciones les descubre el
cavernarismo íntimo y
balbuciente.
No es ninguna sinrazón el que
los aficionados al flamenco
estén chapados a la tradición,
algo que unas veces es bueno y
otras no tanto, como demuestra
la incapacidad de dar a conocer
el flamenco, de hacerlo
entender. Tratar con cantes y
palos, compás y melodía, como
con cuerpos vivos: merecedores
del respeto que significa
mantenerlos con vida.
En esta sociedad tecnificada que
va deprisa, donde los valores se
queman tan rápidamente, en estos
tiempos que devoran todas las
artes, es en muchos casos
comprensible la falta de visión
sobre el futuro de los
flamencólogos, así llamados los
estudiosos del flamenco como si
fuera un arte muerto. La "Flamencología",
como una ciencia que toma su
nombre del libro de González
Climent de 1955, bucea en el
pasado. Debido a la opacidad y
falta de documentación del arte
flamenco, abandonado por la
antropología, se han pasado
tanto tiempo investigando sobre
su tradición, poseídos por la
retrospectiva, intentando
clarificar su origen, que han
hecho del flamenco un mundo
cerrado. Y algo peor: sus
continuos intentos de
adoctrinamiento, con la peana de
la firmeza de valoraciones, han
ido instaurando corrientes de
valores flamencos. Es cierto que
el flamenco goza de primitiva
autenticidad y alto poder
adictivo. Aunque este sonido sea
un imán para la poesía de
hojalata de críticos que se
escudan en "la expresión
incontaminada".
En una exhibición de vitalidad,
el flamenco ha tenido el arte de
no ser ajeno a ninguna tendencia
cultural o social. Se introdujo
en los cafés cantantes a
principios de siglo, se hizo
intelectual en plan fino con
Falla, Lorca y La Niña de los
Peines, se adaptó a los formatos
discográficos y a la radio con
Manolo Caracol y Pepe Marchena,
practicó la musicología con
Mairena, se hizo de izquierdas
con Menese y se acercó a la
poesía culta con Morente. Fue
hippie y revolucionario con
Camarón y Paco de Lucía, punk
con Pata Negra y salsero y
jazzístico con Ketama, Jorge
Pardo y Carles Benavent.
Me gustaría recalcarlo: la
pureza se ha convertido en un
baremo mercantil, en un
argumento de periodistas sin
recursos. Y alegra saber que ya
hay incluso una generación que
ha superado el debate entre
purismo y renovación.
Existe poca perspectiva para
valorar lo que ahora se está
haciendo. Los hay que afirman
que lo que se hace desde los
años 50 es peor que lo que se
hizo antes, tanto en técnica
como en ritmo, que sólo es bueno
el cante de los viejos. Otros
piensan que no hubo mejor
momento que el actual. "El
flamenco ha cambiado más en los
últimos quince años que en toda
su historia", recalca La
Barbería, que, como otros muchos,
pone el punto de partida de una
nueva visión flamenca en un
disco de Camarón de la Isla de
1979,
"La leyenda del tiempo".
El flamenco puro no es viejo,
sino antiguo. Y por lo tanto
valioso. En el flamenco, un
anciano que desaparece es un
libro que se quema, un disco que
se rompe. Si se trata de
primitivismo musical,
autenticidad y pureza, la
dificultad de renovación es
patente. Cuando canta, cuando
toca, el cantaor y el tocaor
efectúan un "acto de recuerdo".
El sentimiento es como una
sombra de la memoria.
"Un fuego que se empeña en morir
para renacer, es el estilo
flamenco". Así lo definía Jean
Cocteau. Sin embargo, éste es un
mundo repleto de sectarismos, de
puristas intransigentes, en el
que se deja sentir el problema
de la renovación de nombres, el
monopolio de la contratación en
festivales, la falta de tablaos
serios... Y por otro lado se
encuentra la rendición y
pleitesía de algunos músicos
extranjeros, la importancia de
la colaboración de nombres como
Paco de Lucía y Ketama con
músicos de más allá de nuestras
fronteras.
Por último, una idea de Álvarez
Caballero, el crítico actual más
influyente: "La estampa del
cantaor junto al tocaor, solos
en escenario, es cada vez más
rara ya, se convertirá en
arqueología, en una reliquia.
Conste que, en este pronóstico,
me gustaría equivocarme". Y se
equivocará. Es el temor de los
asustados por su futuro. El
flamenco puro no desaparecerá.
Luis Clemente
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